Claudio Torres Zepeda

Columna
=LIBERTARIOS Y LIBERTICIDAS (179)=
Por Rogelio Cedeño Castro.
Correspondiente al lunes 24 de noviembre de 2008.
DUELO PARA NUESTRA ESCUELA DE SOCIOLOGÍA.

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Mientras me disponía a redactar los contenidos de esta columna, con el propósito de hacerla circular durante el día de ayer, me llegó, de manera súbita, por la vía del correo electrónico, la triste noticia de la partida definitiva de nuestro compañero de tantos años en la Facultad de Ciencias Sociales y en la Escuela de Sociología, Claudio Torres Zepeda, quien se había jubilado recientemente. Nuestro antiguo compañero en la Escuela de Sociología de la Universidad de Chile, de aquellos primeros años de década de los setenta, al igual que Claudio, Fernando Lizana Ibáñez, nos dio el escueto aviso de su muerte y nos indicaba que su cuerpo ya se encontraba en la funeraria del Magisterio, ubicada en el Paseo Colón. Fue así como ayer domingo, en horas de la mañana, fue sepultado en el Camposanto de Montesacro en Curridabat con la presencia de algunos pocos amigos, entre los que se encontraban el compañero Víctor Mourgiart, el actor Alonso Venegas y quien escribe estas líneas, al ser de los pocos en ser informados, dada la premura del caso.

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El deceso de Claudio nos pone, de manera inevitable, frente a la memoria de todo lo compartido a lo largo de tantos años, si bien se trata de un reservorio y un recordatorio de los grandes sueños y proyectos colectivos de nuestra generación, tanto en Chile como en la convulsa América Central de las décadas pasadas, los que nos han demandado tantos sacrificios y dolores, como si se tratara de los ritos de alguna deidad sanguinaria. La memoria efímera del Chile Popular de entonces surge nítida para nosotros, ahora que este camarada y antiguo militante del Movimiento de Izquierda Revolucionaria (MIR) de Chile, durante aquellos mil días de la Unidad Popular y durante los años del prolongado exilio, acaba de partir en el mayor de los silencios. No puedo dejar de pensar que los silencios nos dicen mucho más que todo lo que los seres humanos estamos en capacidad de imaginar, sobre todo porque nuestras vidas son el compendio de las luchas y de los viejos sueños colectivos de una generación revolucionaria que ama la vida, a pesar del sacrificio que la lucha incesante nos ha demandado, de manera reiterada.

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Hoy, nuestra escuela de sociología, que ya cumplió los 34 años de existencia, se encuentra de duelo ante la partida de uno de sus académicos más inquietos y destacados. Muchos de nosotros, al igual que Claudio Torres Zepeda, llegamos al Campus Omar Dengo, durante aquella etapa germinal de la Universidad Nacional de Costa Rica, para hacer nuestras primeras armas tanto en la docencia como en la investigación y tomamos parte en aquel proceso de construcción, de fe y de entusiasmo desbordado que la caracterizó. Destacado y reflexivo lector, nuestro compañero laboró, durante las décadas anteriores, en aquel magnífico semillero de ideas y realizaciones que fue el Propedéutico de Ciencias Sociales, y posteriormente, en la escuela de Sociología donde contribuyó, de manera decisiva, a la formación de varias generaciones de nuevos profesionales.

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Errabundo, este militante de la izquierda chilena y continental, hijo también de militantes, vio transcurrir su vida lejos de sus lares chilenos,  de tal manera que Cuba y China fueron espacios en los que transcurrió buena parte de su infancia y de su juventud hasta que el destino nos llevó a encontrarnos, por primera vez, allá en la Sede Oriente de la Universidad de Chile, en aquel barrio de Macul. Al igual que para muchos otros, chilenos o no, aquel 11 de septiembre de 1973, dejó una huella indeleble en nuestras vidas, por lo que quedamos hermanados en la memoria de aquel sueño colectivo, expresado en aquella esperanza de que, algún día, más temprano que tarde, se abrirán las grandes alamedas por donde pasará el hombre libre para construir un destino mejor, de que nos hablaba el compañero presidente Salvador Allende, que tan bien encarnó los anhelos de aquella generación.

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Hace pocas semanas, compartimos una velada dominical, en su casa del distrito de Pavas y nos recordábamos, él más que yo, del efímero y precario conocimiento que tuvo de mi persona, allá en Chile y de cómo las a veces ridículas y presuntuosas diferencias ideológicas entre las gentes de izquierda, le dieron una imagen distorsionada de mi manera de pensar. Prefiero despedir en público con un hasta la victoria siempre, a este generoso luchador, quien como tantos otros chilenos fue capaz de unirse a la lucha de otros pueblos, sin dejar en el olvido la de su amado pueblo chileno. Mis condolencias a su compañera e hijos, los que supieron cuidarlo y expresarle su afecto en horas difíciles.

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