Dos proyectos de sociedad y de nación

=LIBERTARIOS Y LIBERTICIDAS (92)=

Correspondiente al jueves 27 de diciembre de 2007.

Dos proyectos de sociedad y de nación.

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En Costa Rica el desgaste de las viejas elites del poder apenas si logra ser disimulado mediante el constante maquillaje que les brinda la dictadura mediática. Su reiterado lavado de cerebro dirigido hacia un pueblo, cada día más despierto, se debilita constantemente, por lo que surge la necesidad del régimen de terminar con la comedia democrática, basada en el precepto o dogma de que aquí no ha ocurrido nada. Es más, se sigue hablando de que nada está ocurriendo, de tal manera que todo funciona de maravilla, cuando en realidad estamos ante un espejismo que no resiste la contrastación con los hechos (El duro matiz de la realidad de que hablaba el escritor portugués Eça de Queiroz).

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Es precisamente por esto que el lenguaje político que empleamos en la vida cotidiana, resulta cada vez más inservible, como consecuencia de su empleo indiscriminado, por parte de los personeros del régimen, quienes pretenden, por esa vía, normalizar la situación política. Es aquí donde la utilización indiscriminada de los términos “derecha” o “izquierda” para designar a los contendientes dentro del presente escenario histórico se vuelve inútil. Ello por cuanto en realidad se trata del enfrentamiento a muerte entre dos proyectos de sociedad y de nación, cuyas implicaciones son mucho más profundas que el superficial juego de las políticas europeas, no importa si se les califica como de “izquierda” o de “derecha”.

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Sucede que en toda América Latina y no sólo en Costa Rica o en Bolivia, para citar dos casos, el gran debate acerca de la naturaleza de la nación (o de las naciones) asume connotaciones profundamente estructurales. Las falsas naciones surgidas de la revolución de independencia de hace dos siglos estuvieron siempre basadas en la exclusión de la vida social y política de las grandes mayorías étnicas, cuando no en su perenne invisibilización (en los casos de Guatemala, Ecuador, Perú, México o Bolivia) o de importantes minorías, cuya existencia ha llegado a ser negada por las elites criollas de países como Venezuela o Costa Rica.

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El primer referéndum de la historia republicana de Costa Rica, efectuado el domingo 7 de octubre recién pasado, mostró la existencia de un país profundamente dividido a partir de las enormes diferencias sociales, políticas y culturales evidenciadas. Esa división estuvo también llena de connotaciones geográficas que mostraron una voluntad de resistencia de lo que, en algunas ocasiones, nos hemos permitido llamar “el otro país”. Es decir aquel país rural con hondas raíces en la producción agraria y que ha resentido, de manera profunda, las agresiones del modelo exportador impulsado por los dogmas de la revolución neoliberal/neoconservadora de los años ochenta.

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La oligarquía costarricense, a diferencia de sus homólogas centroamericanas, ha fracasado estrepitosamente en presentar el actual conflicto como un diferendo entre “izquierdas” y “derechas”. A pesar del manejo totalitario de la llamada “opinión pública”, empleando para ello los poderosos medios electrónicos (en especial la televisión que se encuentra casi toda en su poder) y los principales diarios, sus empeños han dado pocos frutos ante un pueblo identificado con un modelo de sociedad y estado solidarios que, aunque tergiversados por las propias elites del poder, continúan representando valores esenciales de lo que podríamos calificar, con algunas reservas, como el “ser costarricense”.

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Mientras la oligarquías guatemalteca y salvadoreña ahogaron, de manera cruenta, durante décadas a la resistencia popular, llevándola a un sangriento conflicto armado, su contraparte costarricense optó, durante ese período, por un manejo ideológico de los conflictos sociales basado, por un lado, en un anticomunismo de guerra fría que se agitó como un fantasma cuando algunos sectores sociales intentaron ir más allá del modelo de reformas, adoptado en los años cuarenta y por el otro, en las realizaciones del propio modelo reformista que alcanzó un alto grado de aceptación entre la población concernida.

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