Asalto a la verde naturaleza.

ÁLVAREZ DESANTI O EL ASALTO FINAL A LA VERDE NATURALEZA DEL CARIBE PANAMEÑO (I).

 

Rogelio Cedeño Castro, sociólogo y catedrático de la Universidad Nacional de Costa Rica (UNA).

I

La voracidad con la que Antonio Álvarez Desanti y su Sociedad Desarrollo Turístico Cañaveral, junto con otras entidades empresariales de sus poderosos amigos panameños y costarricenses, se han lanzado sobre la extensa franja costera caribeña de la Comarca Ngöbe (o Ngäbe)-Buglé, un importante territorio gestionado social y políticamente por los integrantes de esa etnia, que está situado en un enorme vértice formado por territorios que fueron parte de las provincias de Chiriquí, Veraguas y Bocas del Toro no sólo llama la atención, por la celeridad y la ligereza de los procedimientos para adquirir 685 hectáreas de tierras que limitan en el Mar Caribe(Ereida Prieto Barreiro, La Prensa de Panamá, El País CR 20 de junio), sino por las múltiples amenazas de tipo ambiental que representan esta y otras adquisiciones, de sospechosa legalidad, de terrenos en esa área del distrito de Kusapin, de la ya mencionada comarca, sobre todo para un humedal que ocupa el quinto lugar en importancia, para el caso de Panamá, de acuerdo con la misma publicación, en síntesis de toda un área, de  “ al menos 2mil 100 hectáreas de costas(las llamadas Costas de Juan Hombrón), riberas de ríos, manglares y tierras, que han cambiado de dueño a inusual velocidad tras igualmente rápidos procesos de prescripción adquisitiva de dominio”(Prieto Barrero).

II

Las tierras que han sido objeto de esta agresiva comercialización, al parecer con fines turísticos, bajo control y estilos de explotación, propios de algunas empresas transnacionales, constituyen una extensa región o comarca bañada por las aguas del Caribe Panameño, en cuya  vecindad existe una importante zona turística con actividades, que hasta el momento, han beneficiado a un importante grupo de la población indígena y afrodescendiente de la Ciudad de Bocas del Toro(Bocas Town) y de algunas de las islas y cayos que bordean, separándolo del Mar Caribe, a ese tranquilo y paradisiaco mar interior que es la llamada Laguna de Chiriquí, cuyo extremo oriental situado en tierra firme es la  extensa y larga Península Valiente, donde se encuentra la localidad de Kusapin, al parecer cabecera del distrito gnöbe-buglé del mismo nombre. Esas, y no otras, son las valiosas tierras de uno de los pocos reservorios de la vida silvestre de todo el istmo centroamericano que todavía se mantienen, en gran medida, intactos, aunque hoy se encuentran amenazadas por poderosos intereses foráneos a la región y opuestos a la cosmovisión propia de los pueblos originarios del continente (Abya yala).

III

Por otra parte, llama la atención el caso de Antonio Álvarez Desanti, a partir de la dosis de cinismo contenida en sus declaraciones a la prensa costarricense sobre el tema que hemos venido tratando, como una conocida figura política del momento, pero sobre todo por ser el agresivo empresario y prototipo de ser humano que caracteriza al régimen político y económico imperante en Costa Rica, desde hace por lo menos tres décadas: individualismo extremo y despiadado del sujeto triunfador, aun a costa de los más caros intereses y anhelos de la colectividad social, aunque deseoso de representarnos en un parlamento, donde ya no se discute casi nada de importancia, según el decir de los propios diputados.

IV

Nuestras inquietudes sobre el tema que estamos intentando discutir con algunos lectores, estuvieron antecedidas por algunos hechos recientes, pero sobre todo tomaron forma a raíz de un breve recorrido que hicimos por algunas localidades de la provincia panameña de Chiriquí, durante la semana santa del año que corre, cuando tuvimos la oportunidad de conocer la Playa La Barqueta, por cierto ubicada bastante cerca de la ciudad de David, un hecho que nos condujo a  plantearnos una, más o menos seria reflexión, acerca del uso de los recursos naturales, con fines comerciales o turísticos en el caso de Chiriquí, buscando establecer algún tipo de contrastación con lo que ha venido sucediendo en Guanacaste, del lado de Costa Rica, a lo largo de las últimas dos décadas. Lo que pudimos constatar, en principio, fue el hecho de que las playas de Chiriquí no han sido objeto de una explotación intensa con fines turísticos, tal y como ha venido sucediendo en Guanacaste donde grandes transnacionales han instalado complejos hoteleros e incluso han arrasado con manglares y zonas protegidas. La sencillez y la forma, digamos que natural, con la que uno puede disfrutar de la Playa La Barqueta y probablemente de otras del extenso litoral chiricano en el Pacífico, especialmente hacia el oriente de esa provincia, próximas a las localidades de San Félix, Remedios y Tolé, nos hace pensar que todavía los chiricanos podrían plantearse un modelo de desarrollo turístico más beneficioso para toda la comunidad que el que,  para el caso de Guanacaste, además de causar grandes daños a la naturaleza, los ha reducido a la condición de meseros, bartenders o mucamos(as) lo que significa un beneficio mínimo para una provincia tan rica, de la que sus hijos han dejado de ser propietarios, y mucho menos, pueden soñar con ser dueños de su destino. Prometemos seguir con el tema en una segunda entrega.

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