¿Déficit Fiscal o Desempleo?

La Producción se desacelera y el desempleo se mantiene.
Los principales periódicos opinan y los economistas liberales discuten, sobre la política macroeconómica, ante el crudo problema del desempleo y la desaceleración de la producción.
La gran pregunta es cual el principal problema de nuestra economía y como es que se debe analizar la situación para poder revertir ese problema de nuestra economía, que está causando grave daño social, con características de anomia en la juventud desocupada y de pobreza entre los trabajadores desocupados o semi-ocupados
Entre los elementos del análisis está la tasa de crecimiento de la producción, la cual se encuentra en reducción en el período de los últimos once meses, según se refleja en el índice mensual de actividad económica (IMAE) que calcula el BCCR.
Asimismo el desempleo, originado, según se afirma, en la menor capacidad del sector productivo, público y privado, para crear empleos. Sabemos que el desempleo abierto, según dato oficial, es cercano al 10% de la fuerza laboral y que sumando a quienes ya no buscan trabajo y han encontrado otras fuentes de ingresos, el subempleo, el total de personas en edad de trabajar supera ampliamente ese porcentaje.
Recientemente el editorialista de uno de los principales diarios cita algunos datos que nos dan una mejor idea de la magnitud del problemas económico actual, y son los siguientes: “Los sectores que causaron la caída de la producción, que en marzo del 2014 crecía a una tasa interanual del 4% (tendencia ciclo), en marzo de este año solo lo hizo un 1,7%, son, precisamente, los que tradicionalmente generan más fuentes de trabajo: agricultura e industria. El primero, que ocupa el tercer lugar en la fuerza laboral, cayó un 3,36% y el segundo, también segundo por su contribución al total de empleos, cayó un 1,38%. El sector comercial, primero en brindar oportunidades de trabajo, pasó de crecer a un ritmo interanual de un 4,35% en junio pasado a solamente un 2,97% en marzo” (Periódico La Nación 18 de mayo 2015).
Con base en estos datos podemos prever un deterioro mayor en la tasa de desempleo, lo cual nos hace pensar que la política macroeconómica debe cambiar para revertir esa tendencia, incentivando a las unidades productivas de los sectores estratégicos, como son la agricultura y la industria manufacturera.
No caigamos en ese lugar común que pregona que la solución a todos los problemas económicos es la disminución del déficit fiscal, por la vía de la disminución del gasto público o del aumento de los ingresos por mayor carga impositiva.
Estancamiento político económico, que nos tiene trabados desde el Gobierno de Abel Pacheco, en su recordada lucha contra el minúsculo partido Movimiento Libertario, pasando después por los Gobiernos Arias y Chinchilla, en este último fue la Sala Cuarta quien se inmiscuyó, desechando el proyecto por vicios en la forma de la aprobación legislativa, echando por la borda una laboriosa labor política de los partidos mayoritarios.

“ignoró(el gobierno) las peticiones del sector privado en cogeneración de electricidad, costo del diésel, gasolina y otros, lo cual creó un clima de poca confianza. Y la confianza en las políticas públicas es esencial para invertir y crear empleos. Su alianza con el Frente Amplio inclinó la balanza hacia la izquierda, lo cual tampoco favorece la confianza e inversión del sector empresarial”.
Además insiste el editorialista en aducir que disminuyendo el déficit fiscal se podrá reactivar la economía, lo cual no es una consecuencia directa ni tampoco es factible que pueda ser lograda en el corto plazo y que por lo tanto contribuya en ese futuro inmediato a reactivar la economía.
Cuando critica el financiamiento externo con el que se está financiando parte del déficit fiscal nos dice que la afluencia de divisas contribuyó a apreciar el colón, en detrimento de la competitividad de las exportaciones. Y agrega a continuación “La solución, obviamente, no es intervenir arbitrariamente el mercado cambiario para auspiciar un tipo de cambio ajeno al equilibrio, sino reducir el gasto para no tener que recurrir al financiamiento externo, que tiene, además, el inconveniente de incrementar la deuda pública, que también contribuye a generar desconfianza”.
Según este texto, parece que se hace caso omiso de la intervención que hizo el Banco Central para mantener la estabilidad del tipo de cambio, cuando sacó al sector público del mercado de divisas, y tampoco critica la inacción del ese mismo organismo en el actual momento económico en que estamos en las puertas a una recesión y el índice de precios parece conducirnos a una deflación (índice interanual de 1,81%, primer semestre -0,01%).
Deberían analizarse las variables económicas, no desde hace once meses, ni siquiera del último año, que coincide precisamente con el Gobierno actual, sino en un período mucho mayor. Debemos anotar de paso que los sectores agrícola e industrial, cuyo crecimiento ha sido analizado, vienen con problemas de crecimiento desde hace varios años, y eso tiene que ver con el modelo de comercio abierto que ha venido siguiendo nuestra política económica.
A esos sectores con crecimiento lento durante varios años, los han compensado otros sectores como el comercio, los servicios financieros y no financieros, las comunicaciones y el trasporte. Y por eso el resultado ha sido alagüeño.
Y, cosa curiosa, gracias a un análisis deficiente, el editorialista nos receta una más de estas medicinas que nos tiene enfermos desde que se aprobó el TLC y demás tratados de libre comercio, nos sugiere adherirnos a la Alianza para el Pacífico.
Pienso que la política económica que deberíamos adoptar en nuestro país tiene que ver con las siguientes medidas:
En primer lugar un tipo de cambio real, donde confluyan todos los demandantes de divisas y que con una alta probabilidad harán subir el tipo de cambio y como consecuencia disminuyan los costos de la producción interna, y al mismo tiempo encarezcan las importaciones.
En segundo lugar un aumento general de sueldos y salarios que hagan crecer la demanda interna por productos, bienes y servicios.
En tercer lugar un aumento del crédito a las empresas a tasas de interés menores para aumentar la oferta de bienes y servicios, esto se puede lograr mediante una disminución del encaje legal y un incremento del crédito por parte del BCCR.
Además de las mil veces repetidas recomendaciones de incrementar la construcción de obra pública haciendo uso de todos los recursos financieros accesibles en este momento, que al parecer de muchos no son nada escasos.
El temor a la inflación no puede seguir siendo un elemento de parálisis de nuestras autoridades económicas, el desempleo es el mayor flagelo que pueda sufrir una economía, y una de las principales causas de la pobreza en nuestro país; una política expansionista dada la situación coyuntural, no va producir una inflación galopante ni mucho menos.

Bajo el segundo enfoque, las autoridades podrían “manosear” más libremente el sistema monetario para lograr otros objetivos ajenos a la inflación, como la producción y el empleo. Sin duda, la gran tentación. No se casarían con una meta conservadora de inflación para no renunciar a estimular la producción.
Podrían aumentar la emisión y crédito para estimular la producción mediante mayor consumo e inversión, siempre y cuando exista una brecha entre el PIB observado y el PIB potencial (brecha del producto). Más allá, sería inflacionario. Los instrumentos se manejarían a discreción (al ojo). La emisión y crédito podrían superar las permitidas en el primer enfoque, la política cambiaria no se dejaría por la libre (el tipo de cambio asumiría un valor real sin comprometer la tendencia del mercado), y el Banco Central podría intervenir. Las reservas asumirían un papel estabilizador.
¿Cuál de los enfoques es mejor? ¿Cuál lograría mayor estabilidad del IPC, tipo de cambio y contribuiría más a maximizar la producción y el empleo a largo plazo? No lo podría decir. No sé con precisión la respuesta. Reconozco que distintas personas pueden tener diferentes preferencias. La única conclusión, de momento, es que debemos profundizar la discusión. Eso es angustiante, pero, a la vez, lo más estimulante de nuestra profesión.

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Una respuesta

  1. Un objetivo para la política macroeconómica

    La miopía de algunos y la pusilanimidad de otros tienen a Costa Rica encaminada por el cañón del estancamiento económico y el desempleo.
    La absurda obsesión por resolver la crisis económica por la vía de una brutal disminución del gasto público, que tanto daño ha hecho a algunos países europeos, parece haber contagiado a algunos economistas de nuestro patio.
    En Europa los banqueros, financistas y políticos que metieron a sus países en la crisis, aseguraron que la única manera de reducir el déficit presupuestario era imponiendo un recorte brutal al gasto público, esperando, según parece, que el problema del desempleo y la reactivación productiva se resuelvan en consecuencia. O como Sergio Muñoz Bata dijo: “por arte de magia”.
    En Costa Rica los representantes oficiosos del establecimiento no se cansan en desear la magia de una disminución del gasto público que los libere del enorme déficit y su consecuente deuda pública creciente. Saben que caminan por el filo de la navaja, que el equilibrio económico que han cuidado con esmero durante varios años, es un equilibrio inestable.
    Y es inestable porque la economía costarricense es hoy totalmente dependiente del sector externo, de tal forma que si este nos favorece podemos gozar de un relativo equilibrio, pero si algo empieza a fallar los efectos pueden ser catastróficos.
    Y lo real es que aun cuando todavía no podemos decir que el sistema está fallado, si encontramos grietas que se hacen grandes conforme pasa el tiempo y podrían en cualquier momento activar la falla económica. Y esas grietas se están mostrando en el sector externo.
    Hemos leído a don Otón Solís planteando la revolución necesaria en el sector público para lograr la eficiencia, pensamos que ese es el camino que puede conducirnos a resolver el problema del déficit fiscal y por ende de la deuda pública.
    Pero esta revolución necesaria no es suficiente para salir de la situación de “equilibrio inestable y con un diez por ciento de desempleo”. Necesitamos una política macroeconómica de crecimiento.
    Amartya Sen, ganador del Premio Nobel y profesor de economía en la universidad de Harvard en los Estados Unidos de América, es uno de los promotores de la posición de aparejar la reducción de gasto a una política de crecimiento económico que genere empleo.
    Para Sen es evidente que las medidas de austeridad por sí mismas no solo no funcionan sino que son profundamente antidemocráticas porque los líderes las toman sin consulta a la ciudadanía. “La preservación del sistema democrático es esencial para el bien público”, escribe Sen, “y en el caso de Europa todavía más porque los acuerdos políticos posteriores a la Segunda Guerra Mundial fueron los que gestaron el estado de bienestar y los servicios de salud pública universales, no con el fin de proteger a la economía de mercado sino para proteger el bienestar de la gente”.*
    La disminución del gasto público es una política reduccionista que lejos de incentivar la producción la deprime, y cuidado si no es por esa vía causa de una mayor disminución de los ingresos del gobierno.
    Como ha sido público y manifiesto, la Reserva Federal de los Estados Unidos enfrentó la crisis mediante una política diametralmente opuesta al pensamiento conservador reduccionista y se dio a la tarea de expandir la oferta monetaria mediante emisiones enormes de los bancos de la Reserva Federal comprando bonos del Gobierno federal para cubrir el déficit del gobierno.
    Lejos de producir una inflación como algunos teóricos podrían haber esperado, los precios se mantuvieron estables y la producción y el empleo crecieron al ritmo deseado.
    Dos razones muy importantes para que no se produjera inflación, el desempleo que aquejaba a la economía del país y el sector externo que absorbió el exceso de liquidez, donde el capital buscó mejores tasas de interés en el exterior, a las muy reducidas en el sistema financiero local.
    ¿Qué podría pasar si en Costa Rica se aumentara la oferta monetaria?
    Varias cosas simultáneamente a un aumento de la inversión, la producción y el empleo. La inflación aumentaría a un siete u ocho por ciento, la relación de las monedas cambiaría perdiendo el colón parte de su valor actual, los deudores con el exterior se verían en serios problemas y la banca tendría que ajustarse a la nueva situación tal vez con pérdidas apreciables. Los ingresos del gobierno aumentarían y si se lograra conducirlos hacia la inversión podría estimularse más el crecimiento.
    En consecuencia el déficit fiscal disminuiría por efecto de menores pagos de intereses a la deuda local, y por los aumentos en la recaudación de impuestos.
    En conclusión podemos decir sin cortapisas, el país necesita una política macroeconómica bien pensada y con objetivos claros, que conduzcan a disminuir la brecha entre el producto efectivo y el producto potencial de nuestra economía.

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